Una ola de veinte metros, chocando contra la costa y barriendo todo cuanto hay en ella, es sin duda impresionante. El hambre de miles de niños; las guerras y, en el mismo orden de cosas, las enfermedades o el analfabetismo que condena a millones de personas, son también "olas" de destrucción impresionantes... y constantes.
Cuando vemos la llegada de la ayuda ante una catástrofe, no podemos dejar de admirar nuestro poder -como seres humanos- para organizarnos y cambiar las cosas. La capacidad que tenemos de conmovernos y nuestra solidaridad son, en estos casos, remarcables. Aunque tampoco podemos dejar de preguntarnos por qué no actuamos tan rápida y mancomunadamente, en otros casos... ante otras olas. ¿Son acaso unas olas más importantes, más asombrosas, o más memorables que otras?
Toda gran transformación comienza con una persona haciendo algo. Y sigue con otras que se suman y hacen lo mismo. Una y otra vez se repite ese acto que modifica el estado de las cosas, revierte una tendencia y crea un sendero perdurable de cambio.
Realizando estas acciones positivas recurrentemente, por más pequeñas e intrascendentes que puedan parecernos, podemos hacer frente a los grandes retos del mundo y generar un impulso de cambio global. Haciendo lo correcto, día a día, e influyendo en otras personas para que también lo hagan, sin dudas construiremos ese "mundo mejor" que todos soñamos. La realidad está hecha de acciones. Actuemos... para cambiar el mundo!
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