lunes, julio 18, 2005

Sin Cables en Arica

Esta es una nota de Raul Ferro, de la revista America Economia.
leyendo el articulo imagino a la ciudad de Arica, sin cables...solo como la primera ciudad de Chile WI-FI.


Sin cables en NYC
RAÚL FERRO
LA BRECHA DIGITAL es cosa archiconocida. Pero ahora vine a descubrir, en carne propia, otra brecha paralizante: la inalámbrica. Comencé a sospechar de ella hace unos siete meses, durante un viaje a Memphis, Tennessee. Apenas acomodado en mi habitación del Hilton Hotel, me preparé a conectar el viejo y fiel note-book viajero de nuestro departamento editorial. Pero, oh sorpresa, no había ningún puerto para enchufar el cable. A poco de revisar el escritorio encontré el folleto que anunciaba con algarabía que el hotel era una zona Wi-Fi. No fue un gran drama estar desconectado. La visita a Memphis fue breve y no había historias urgentes que editar. Con la tarjeta telefónica para hacer un par de llamadas diarias me basté.
El problema es que en Editorial de Santiago aún dependemos de nuestro pesado Compaq Presario de 1996. Como ustedes sabrán, el negocio para los medios en general -y las revistas en particular- no ha estado muy boyante en los últimos años, así que nuestro presupuesto de actualización tecnológica ha estado, ejem, escaso. Al fin y al cabo, como usamos el notebook básicamente para escribir, no necesitamos el último grito de la tecnología. Además, dado su peso, es buen ejercicio para las extremidades superiores.
Todo bien, entonces, hasta que te enfrentas a la brecha inalámbrica, que me mordió con toda su fuerza en Nueva York. Esta vez -bendito presupuesto- tenía reserva en uno de esos establecimientos que Lonely Planet llama budget hotels y que en Sudaméri-ca cuestan US$ 20 la noche. En medio de Manhattan, claro, eso se convierte en US$ 89 -plus laxes, obviously, darling. Salvo la pequena brecha tarifaria, supuse, no sería demasiada la diferencia en infraestructura entre un budget hotel de 32nd Street casi Broadway y uno en el jirón Bolognesi del limeño barrio de Miraflores. Ergo, pensé que hallaría una convencional y vetusta conexión por cable a internet.
Acomodado en mi cuarto de Lilliput -2x4 metros reales-, fui por el conectar salvador. Gran frustración. Lo que encontré fue un folleto que decía que el establecimiento estaba acorde con los tiempos: ¡ ¡Wi-Fi!! ¿Qué hago? La alternativa era una PC en el lobby del hotel cuya conexión costaba nada: ¡US$ 5 los diez minutos! Pensé en la CFO de la revista perdiendo el pelo para cuadrar los números. Con la cantidad de correo basura que recibo no iba a pagar por los spam más caros de mi vida.
Al día siguiente, visité a una querida amiga en su oficina y aproveché su computadora para bajar mis correos. Funcionó a medias. Ella usa una de estas estilizadas y preciosas Apple de última generación y cuando quise hacer reply, la manzanita se chantó. El problema: había escrito una nota que debía despachar a Santiago. La copié en un diskette, artilugio antediluviano que una sofisticada Apple ignoran y pude enviarla desde la PC de un compañero de mi amiga. Creo que me vieron como la reencarnación del Hombre de Neandertal.
Días después, me mudé al departamento de otros amigos. Luz natural, espacio, gente querida para conversar y conexión a internet. Pero fue igualmente vano. Mis amigos vivían pegados a sus notebooks Wi-Fi (y colgados, además, al hot-spot del vecino). Encima el destino se burlaba de mí: el departamento está a la vuelta del Café Lalo's, donde Meg Ryan flirteaba con Tom Hanks en Tienes un e-mail.
En fin. Esto de ser modesto en recursos no funciona muy bien en la capital del mundo. En Iquitos, pleno corazón de la selva amazónica peruana, adonde sólo se llega por aire o por río, me resultó más sencillo y barato conectarme con el planeta. Bastaba cruzar la Plaza de Armas, entrar a uno de las decenas de cafés internet y enlazarme al mundo ¡por US$ 1 la media hora¡ La fauna humana es menos cosmopolita que la de Manhattan, pero no menos variada. Que le pregunten al indio aguaru-na que dos máquinas más allá navegaba por internet feliz de la vida, mientras yo bajaba! mis dichosos e mails. Con una clásica, decimonónica, pero eficiente conexión tradicional, por supuesto.

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